DE SAN AGUSTIN
«No es gran cosa creer que Jesús ha muerto, escribe San Agustín; esto lo creen también los paganos y los réprobos; todos lo creen.
Pero lo verdaderamente grande es creer que él ha resucitado.
La fe de los cristianos es la resurrección de Cristo»
(S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 120, 6: CCL 40, p. 1791)
Dios, observaba Agustín, escucha aún cuando... no escucha, esto es, cuando no obtenemos lo que estamos pidiendo.
Su retraso en atender es ya una escucha, para podernos dar más de lo que le pedimos.
(S. Agustín, Sobre la Primera Carta de Juan, 6, 6-8 (PL 35, 2023 s.)
La diferencia entre la ley y la gracia consiste precisamente en esto: en la ley Dios dice al hombre: «¡Haz lo que te mando!»;
en la gracia, el hombre dice a Dios: «¡Dame lo que me mandas!».
La ley manda, la gracia demanda.
Una vez descubierto este secreto, Agustín, que hasta entonces había luchado inútilmente para ser casto, cambió de método, y más que luchar con su cuerpo empezó a luchar con Dios.
Dijo: «Oh Dios, tú me mandas que sea casto; pues bien, ¡dame lo que mandas y mándame lo que quieras!»
(S. Agustín, Confesiones, X, 29.)
¡Y sabemos que obtuvo la castidad!
Pero lo verdaderamente grande es creer que él ha resucitado.
La fe de los cristianos es la resurrección de Cristo»
(S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 120, 6: CCL 40, p. 1791)
Dios, observaba Agustín, escucha aún cuando... no escucha, esto es, cuando no obtenemos lo que estamos pidiendo.
Su retraso en atender es ya una escucha, para podernos dar más de lo que le pedimos.
(S. Agustín, Sobre la Primera Carta de Juan, 6, 6-8 (PL 35, 2023 s.)
La diferencia entre la ley y la gracia consiste precisamente en esto: en la ley Dios dice al hombre: «¡Haz lo que te mando!»;
en la gracia, el hombre dice a Dios: «¡Dame lo que me mandas!».
La ley manda, la gracia demanda.
Una vez descubierto este secreto, Agustín, que hasta entonces había luchado inútilmente para ser casto, cambió de método, y más que luchar con su cuerpo empezó a luchar con Dios.
Dijo: «Oh Dios, tú me mandas que sea casto; pues bien, ¡dame lo que mandas y mándame lo que quieras!»
(S. Agustín, Confesiones, X, 29.)
¡Y sabemos que obtuvo la castidad!

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