El ayuno penitencial
El ayuno penitencial
Ha de consistir mucho más en la privación de nuestros vicios que en la de los alimentos (SAN LEÓN MAGNO, Sermón sobre la Cuaresma,1)
Ayunen los ojos de toda mirada curiosa...
Ayunen los oídos, no atendiendo a las palabras vanas y a cuanto no sea necesario para la salud del alma...
Ayune la lengua de la difamación y la murmuración, de las palabras vanas, inútiles...
Pero ayune mucho más el alma misma de los vicios y pecados, y de imponer la propia voluntad y juicio. Pues, sin este ayuno, todos los demás son reprobados por Dios (SAN BERNARDO, Sermón en el comienzo del ayuno).
Penitencia es el cumplimiento exacto del horario que te has fijado, aunque el cuerpo se resista o la mente pretenda evadirse con ensueños quiméricos.
Penitencia es levantarse a la hora.
Y también, no dejar para más tarde, sin un motivo justificado, esa tarea que te resulta más difícil o costosa.
La penitencia está en saber compaginar tus obligaciones con Dios, con los demás y contigo mismo, exigiéndote de modo que logres encontrar el tiempo que cada cosa necesita.
Eres penitente cuando te sujetas amorosamente a tu plan de oración, a pesar de que estés rendido, desganado o frío.
Penitencia es tratar siempre con la máxima caridad a los otros, empezando por los tuyos.
Es atender con la mayor delicadeza a los que sufren, a los enfermos, a los que padecen.
Es contestar con paciencia a los cargantes e inoportunos.
Es interrumpir o modificar nuestros programas, cuando las circunstancias —los intereses buenos y justos de los demás, sobre todo— así lo requieran.
La penitencia consiste en soportar con buen humor las mil pequeñas contrariedades de la jornada;
en no abandonar la ocupación, aunque de momento se te haya pasado la ilusión con que la comenzaste;
en comer con agradecimiento lo que nos sirven, sin importunar con caprichos.
Penitencia, para los padres y, en general, para los que tienen una misión de gobierno o educativa, es corregir cuando hay que hacerlo, de acuerdo con la naturaleza del error y con las condiciones del que necesita esa ayuda, por encima de subjetivismos necios y sentimentales.
El espíritu de penitencia lleva a no apegarse desordenadamente a ese boceto monumental de los proyectos futuros, en el que ya hemos previsto cuáles serán nuestros trazos y pinceladas maestras.
¡Qué alegría damos a Dios cuando sabemos renunciar a nuestros garabatos y brochazos de maestrillo, y permitimos que sea El quien añada los rasgos y colores que más le plazcan!
(San Josemaría, Amigos de Dios, 138)
Meditación

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