miércoles, marzo 29, 2006

DE SAN AGUSTIN (2)



DE SAN AGUSTIN

Ordena tu amor! Mira a tu interior..., no sea que ames lo que no debes, o no ames lo que debes amar... ¡Ordena tu amor! No sea que ames más lo que debes amar menos o ames menos lo que debes amar más...

Subí al cielo..., pero aún permanezco en la tierra... Allí estoy sentado a la derecha del Padre; aquí aún tengo hambre y sed, soy peregrino..., son pisados mis miembros por toda la tierra...

No busques qué dar... Date a ti mismo...

Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva... ¡Tarde te amé!
Tú estabas dentro de mí y yo fuera..., y por fuera te buscaba...

El no tiene..., tu si..., es tu hermano... Si aún no eres capaz de dar la vida por el, por lo menos..., comparte con el tus bienes... Si no..., ¿cómo puedes llamarte cristiano?

La medida del amor es el amor sin medida...

Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón estará insatisfecho hasta que descanse en tí...

Con el amor al prójimo el pobre es rico..., sin él el rico es pobre...

¡Oh Dios, separarse de ti es caer; volverse a ti levantarse; permanecer en ti estar seguro! ¡Oh Dios, salir de ti es morir; volver a ti revivir; habitar en ti vivir!

¿Queréis cantar alabanzas a Dios? Sed vosotros mismos el canto que vais a cantar... Vosotros mismos seréis su alabanza..., si vivís santamente...

¡Camina en Cristo y canta con alegría!..., pues el que te mandó que le siguieses..., va delante de ti... El resucitó primero..., para que tuviésemos un motivo para esperar...

Los hombres salen a hacer turismo para admirar las crestas de los montes, el oleaje de los mares, el copioso curso de los ríos, los movimientos de los astros... Y..., sin embargo..., pasan de largo de sí mismos...

En la cruz..., ¿fue Cristo el que murió..., o fue la muerte la que murió en El?...¡Oh qué muerte..., que mató a la muerte!

No te alabes a ti..., sino a Dios en ti...Y no por lo que eres..., sino porque El te hizo... No porque tú puedes algo..., sino porque El puede en ti y por ti...

Que nadie diga: "¿para qué voy a ir a la iglesia? Mira los que van todos los días..., no practican lo que oyen"...Sin embargo hacen algo: oír... Así algún día podrán hacer las dos cosas: oír y practicar... Pero tú..., ¿cómo vas a llegar a practicar si estás huyendo de escuchar?
Dios es caridad, y quien permanece en la caridad, permanece en Dios.Ama, pues, al prójimo..., y en él verás a Dios...

Bienaventurado es, Señor, el que te ama a Ti, Al amigo en Ti, Y al enemigo por Ti...

Si Dios es amor..., ama a Dios el que ama el amor..., y ama al amor el que ama al hermano...Cuando amamos al hermano con amor verdadero..., le amamos con un amor que viene de Dios...Y el que no ama al hermano, no está en el amor..., y el que no está en el amor no está en Dios porque Dios es amor...

No te atasques en el camino, pues no alcanzarás el fin. No te detengas en cosa alguna hasta que llegues al fin...¿Te uniste a Dios?Terminaste el camino..., llegaste a la patria.

Conocerse de verdad a uno mismo no es otra cosa que oír de Dios lo que Él piensa de nosotros...

De ahora en adelante sólo a ti te amo..., sólo a ti quiero estar unido..., es a ti a quien busco..., a quien quiero servir... Porque sólo tú eres mi Señor y yo quiero pertenecer solamente a ti...

viernes, marzo 17, 2006

DE SAN AGUSTIN

«No es gran cosa creer que Jesús ha muerto, escribe San Agustín; esto lo creen también los paganos y los réprobos; todos lo creen.
Pero lo verdaderamente grande es creer que él ha resucitado.
La fe de los cristianos es la resurrección de Cristo»
(S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 120, 6: CCL 40, p. 1791)

Dios, observaba Agustín, escucha aún cuando... no escucha, esto es, cuando no obtenemos lo que estamos pidiendo.
Su retraso en atender es ya una escucha, para podernos dar más de lo que le pedimos.
(S. Agustín, Sobre la Primera Carta de Juan, 6, 6-8 (PL 35, 2023 s.)

La diferencia entre la ley y la gracia consiste precisamente en esto: en la ley Dios dice al hombre: «¡Haz lo que te mando!»;
en la gracia, el hombre dice a Dios: «¡Dame lo que me mandas!».
La ley manda, la gracia demanda.
Una vez descubierto este secreto, Agustín, que hasta entonces había luchado inútilmente para ser casto, cambió de método, y más que luchar con su cuerpo empezó a luchar con Dios.
Dijo: «Oh Dios, tú me mandas que sea casto; pues bien, ¡dame lo que mandas y mándame lo que quieras!»
(S. Agustín, Confesiones, X, 29.)
¡Y sabemos que obtuvo la castidad!


domingo, marzo 12, 2006

Si me amas...




Si me amas…

¡Si conocieras el don de Dios y lo que es el Cielo!

¡Si pudieras oír el cántico de los ángeles y verme en medio de ellos!

¡Si pudieras ver desarrollarse ante tus ojos los horizontes,

los campos eternos y los nuevos senderos que atravieso!

¡Si por un instante pudieras contemplar, como yo,

la belleza ante la cual todas las otras bellezas palidecen!.

Tú me has visto, me has amado en el país de las sombras,

y ¿no te resignas a verme y amarme en el país de las inmutables realidades?

Créeme, cuando la muerte venga a romper tus ligaduras

como ha roto las que a mi me encadenaban,

y cuando un día que Dios ha fijado y conoce,

tu alma venga a este Cielo al que te ha precedido la mía…

ese día volverás a ver a aquél que te amaba y que siempre te ama,

y encontrarás su corazón con todas sus ternuras purificadas.

Volverás a verme, pero transfigurado,

extasiado y feliz,

no ya esperando la muerte,

sino avanzando contigo,

a quien llevaré de la mano por los senderos nuevos de la luz y de la vida,

bebiendo con embriaguez a los pies de Dios un néctar

del cual nadie se saciará jamás.

¡Enjuga tus lágrimas y no llores si me amas!


San Agustín


sábado, marzo 04, 2006



Salmo 4
Acción de gracias

Escúchame cuando te invoco,
Dios, defensor mío;
tú que en el aprieto me diste anchura,
ten piedad de mí y escucha mi oración.
Y vosotros, ¿hasta cuándo ultrajaréis mi honor,
amaréis la falsedad y buscaréis el engaño?
Sabedlo: el Señor hizo milagros en mi favor,
y el Señor me escuchará cuando lo invoque.
Temblad y no pequéis,
reflexionad en el silencio de vuestro lecho;
ofreced sacrificios legítimosy confiad en el Señor.
Hay muchos que dicen:
"¿Quién nos hará ver la dicha,si la luz de tu rostro ha huido de nosotros?"
Pero tú, Señor,
has puesto en mi corazón más alegríaque si abundara en trigo y en vino.
En paz me acuesto y en seguida me duermo,
porque tú sólo, Señor, me haces vivir tranquilo.



Dedicado a ustedes con todo mi cariño
Montaje por Francisco Almeida
almeidam1@cantv.net



Orar con Salmos

viernes, marzo 03, 2006

La dignidad de la Oración


La dignidad de la Oración


En la oración el verdadero protagonista es Dios.

- La oración puede cambiar vuestra vida. Ya que aparta vuestra atención de vosotros mismos y dirige vuestra mente y vuestro corazón hacia el Señor. Si nos miramos solamente a nosotros mismos, con nuestras limitaciones y nuestros pecados, tomará cuerpo en nosotros con suma rapidez la tristeza y el desconsuelo. Pero si tenemos nuestros ojos fijos en el Señor, entonces nuestro corazón se llenará de esperanza, nuestra mente se iluminará por la luz de la verdad, y llegaremos a conocer la plenitud del Evangelio con todas sus promesas y su vida.

- ¿Qué es la oración? Comúnmente se considera una conversación. En una conversación hay siempre un «yo» y un «tú». En este caso un Tú con mayúscula. La experiencia de la oración enseña que si inicialmente el «yo» parece el elemento más importante, uno se da cuenta luego de que en realidad las cosas son de otro modo. Más importante es el Tú, porque nuestra oración parte de la iniciativa de Dios.

- ¿Cómo reza el Papa? Os respondo: como todo cristiano: habla y escucha. A veces, reza sin palabras, y es entonces cuando más escucha. Lo más importante es precisamente lo que «oye». Trata también de unir la oración a sus obligaciones, a sus actividades, a su trabajo, y unir su trabajo a la oración.

- Orar no significa sólo que podemos decir a Dios todo lo que nos agobia. Orar significa también callar y escuchar lo que Dios nos quiere decir.

- La oración debe abrazar todo lo que forma parte de nuestra vida. No puede ser algo suplementario o marginal. Todo debe encontrar en ella su propia voz. También todo lo que nos oprime; de lo que nos avergonzamos; lo que por su naturaleza nos separa de Dios. Precisamente esto, sobre todo. La oración es la que siempre, primera y esencialmente, derriba la barrera que el pecado y el mal pueden haber levantado entre nosotros y Dios.

- Debemos orar también porque somos frágiles. Es preciso reconocer humilde y realista-mente que somos pobres criaturas, con ideas confusas, tentadas por el mal, frágiles y débiles, con necesidad continua de fuerza interior y de consuelo.

- La oración es el reconocimiento de nuestros limites y de nuestra dependencia: venimos de Dios, somos de Dios y retornamos a Dios. Por lo tanto, no podemos menos de abandonarnos en Él, nuestro Creador y Señor, con plena y total confianza.

- Si tratáis a Cristo, oiréis también vosotros en lo más íntimo del alma los requerimientos del Señor, sus insinuaciones continuas.

- En la oración, pues, el verdadero protagonista es Dios. El protagonista es Cristo, que constantemente libera la criatura de la esclavitud de la corrupción y la conduce hacia la libertad, para gloria de los hijos de Dios. Protagonista es el Espíritu Santo, que «viene en ayuda de nuestra debilidad».

- Procurad hacer un poco de silencio también vosotros en vuestra vida para poder pensar, reflexionar y orar con mayor fervor y hacer propósitos con más decisión. Hoy resulta difícil crearse «zonas de desierto y silencio» porque estamos continuamente envueltos en el engranaje de las ocupaciones, en el fragor de los acontecimientos y en el reclamo de los medios de comunicación, de modo que la paz interior corre peligro y encuentran obstáculos los pensamientos elevados que deben cualificar la existencia del hombre.

- Dios nos oye y nos responde siempre, pero desde la perspectiva de un amor más grande y de un conocimiento más profundo que el nuestro. Cuando parece que Él no satisface nuestros deseos concediéndonos lo que pedimos, por noble y generosa que nuestra petición nos parezca, en realidad Dios está purificando nuestros deseos en razón de un bien mayor que con frecuencia sobrepasa nuestra comprensión en esta vida. El desafío es «abrir nuestro corazón» alabando su nombre, buscando su reino, aceptando su voluntad.

- Cuando recéis debéis ser conscientes de que la oración no significa sólo pedir algo a Dios o buscar una ayuda particular, aunque ciertamente la oración de petición sea un modo auténtico de oración. La oración, sin embargo, debe caracterizarse también por la adoración y la escucha atenta, pidiendo perdón a Dios e implorando la remisión de los pecados. - La oración debe ir antes que todo: quien no lo entienda así, quien no lo practique, no puede excusarse de la falta de tiempo: lo que le falta es amor.

- No pocas veces acaso podemos sentir la tentación de pensar que Dios no nos oye o que no nos responde. Pero, como sabiamente nos recuerda san Agustín, Dios conoce nuestros deseos incluso antes de que se los manifestemos. Él afirma que la oración es para nuestro provecho, pues al orar «ponemos por obra» nuestros deseos, de tal manera que podemos obtener lo que ya Dios está dispuesto a concedernos. Es para nosotros una oportunidad para «abrir nuestro corazón».

- Para orar hay que procurar en nosotros un profundo silencio interior. La oración es verdadera si no nos buscamos a nosotros mismos en la oración, sino sólo al Señor. Hay que identificarse con la voluntad de Dios, teniendo el espíritu despojado, dispuesto a una total entrega a Dios. Entonces nos daremos cuenta de que toda nuestra oración converge, por su propia naturaleza, hacia la oración que Jesús nos enseñó y que se convierte en su única plegaria en Getsemaní: «No se haga mi voluntad, sino la tuya.»

- La oración puede definirse de muchas maneras. Pero lo más frecuente es llamarla un coloquio, una conversación, un entretenerse con Dios. Al conversar con alguien, no solamente hablamos sino que además escuchamos. La oración, por tanto, es también una escucha. Consiste en ponerse a escuchar la voz interior de la gracia. A escuchar la llamada.

- San Pablo, orando en medio de las dificultades de la vida, oyó estas palabras del Señor: «Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad.» La oración es la primera y fundamental condición de la colaboración con la gracia de Dios. Es menester orar para obtener la gracia de Dios y se necesita orar para poder cooperar con la gracia de Dios.

- El hombre no puede vivir sin orar, lo mismo que no puede vivir sin respirar.

- A través de la oración, Dios se revela en primer lugar como Misericordia, es decir, como Amor que va al encuentro del hombre que sufre. Amor que sostiene, que levanta, que invita a la confianza.

- La intervención humanitaria más poderosa sigue siendo siempre la oración, pues constituye un enorme poder espiritual, sobre todo cuando va acompañada por el sacrificio y el sufrimiento.

- La oración es también una arma para los débiles y para cuantos sufren alguna injusticia. Es el arma de la lucha espiritual que la Iglesia libra en el mundo, pues no dispone de otras armas.

Juan Pablo II, Pensamientos sobre la Oración. Libro "Orar"

El ayuno penitencial



El ayuno penitencial

Ha de consistir mucho más en la privación de nuestros vicios que en la de los alimentos (SAN LEÓN MAGNO, Sermón sobre la Cuaresma,1)

Ayunen los ojos de toda mirada curiosa...
Ayunen los oídos, no atendiendo a las palabras vanas y a cuanto no sea necesario para la salud del alma...
Ayune la lengua de la difamación y la murmuración, de las palabras vanas, inútiles...
Pero ayune mucho más el alma misma de los vicios y pecados, y de imponer la propia voluntad y juicio. Pues, sin este ayuno, todos los demás son reprobados por Dios (SAN BERNARDO, Sermón en el comienzo del ayuno).

Penitencia es el cumplimiento exacto del horario que te has fijado, aunque el cuerpo se resista o la mente pretenda evadirse con ensueños quiméricos.
Penitencia es levantarse a la hora.
Y también, no dejar para más tarde, sin un motivo justificado, esa tarea que te resulta más difícil o costosa.
La penitencia está en saber compaginar tus obligaciones con Dios, con los demás y contigo mismo, exigiéndote de modo que logres encontrar el tiempo que cada cosa necesita.

Eres penitente cuando te sujetas amorosamente a tu plan de oración, a pesar de que estés rendido, desganado o frío.
Penitencia es tratar siempre con la máxima caridad a los otros, empezando por los tuyos.

Es atender con la mayor delicadeza a los que sufren, a los enfermos, a los que padecen.
Es contestar con paciencia a los cargantes e inoportunos.
Es interrumpir o modificar nuestros programas, cuando las circunstancias —los intereses buenos y justos de los demás, sobre todo— así lo requieran.
La penitencia consiste en soportar con buen humor las mil pequeñas contrariedades de la jornada;

en no abandonar la ocupación, aunque de momento se te haya pasado la ilusión con que la comenzaste;
en comer con agradecimiento lo que nos sirven, sin importunar con caprichos.
Penitencia, para los padres y, en general, para los que tienen una misión de gobierno o educativa, es corregir cuando hay que hacerlo, de acuerdo con la naturaleza del error y con las condiciones del que necesita esa ayuda, por encima de subjetivismos necios y sentimentales.


El espíritu de penitencia lleva a no apegarse desordenadamente a ese boceto monumental de los proyectos futuros, en el que ya hemos previsto cuáles serán nuestros trazos y pinceladas maestras.
¡Qué alegría damos a Dios cuando sabemos renunciar a nuestros garabatos y brochazos de maestrillo, y permitimos que sea El quien añada los rasgos y colores que más le plazcan!

(San Josemaría, Amigos de Dios, 138)



Meditación